LLAMADOS A LA SANTIDAD

Los planes y proyectos de tu vida ponlos en el altar del Señor de modo que sirvan para tu propia santificación.

Si Cristo nos llama a la santidad es porque ese don ya está conquistado para nosotros. Jamás nosotros lo lograremos con nuestras fuerzas, Cristo ya lo logró para nosotros. Tú y yo tan solo debemos dar pasos hacia ese preciado don.

¿Queremos dar pasos en santidad? Es importante tener la mirada puesta en todos aquellos que brillan con su estilo de vida. Como buenos aprendices no dejemos pasar la oportundad de “copiar” lo bueno y lo santo de tantos que pasan por nuestra existencia. Dejémonos sorprender por ellos. No te olvides que las oportunidades son únicas en la vida. Sé santo.

La santidad es un don de Dios, vivida y aprovechada por unos y por otros de formas distintas. Cada uno según su ser vive la única santidad regalada por Dios. Sé santo sin dejar de ser tú.

“Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidadcon la que es perfecto el mismo Padre” (Lumen Gentium, 11).

Cada uno está llamado a la santidad. Pero cada uno tiene sus propias características, cada uno tiene su propia sicología, cada uno es como es. Esto significa que cada uno en oración y, si se puede, guiado por alguien de confianza y que viva su fe, debe discernir lo que mejor se adapte a su estilo de vida en su propio camino de santidad.

Ya es tiempo de ir construyendo, con la gracia de Dios, tu camino de santidad. Ayudará mucho el fijarte y aprender, y así ir mejorando, con las pequeñas y hermosas acciones de los demás. Es feo copiar pero, si es para complementar tu proceso de santidad, bienvenida sea esa acción.  

El Señor nos llama a la santidad, pero quiere que la logremos en comunidad. El proceso de conversión, que lleva a la santidad, implica siempre las relaciones humanas. En un grupo humano, unos y otros tienen que ayudarse en este camino.

La santificación es el trabajo que Dios, a su ritmo, y de acuerdo a la disposición personal, va realizando en cada ser humano, para que se transforme en una criatura nueva. Este es el que san Pablo llama el “hombre nuevo”, al que todos estamos llamados. 

Debemos seguir dando pasos hacia la santidad. Solo en Cristo existe la santidad. Intenta responder quién es Cristo para ti. Tómate tu tiempo. No te olvides que Cristo no es un término abstracto, Él es alguien concreto y seguirle implica un compromiso. Cuando tengas claro quién es Cristo para ti podrás decir que estás dando pasos en santidad.

La santidad se comienza a construir desde lo que eres. Reconoce lo que eres: una simple criatura. Si te crees alguien construirás en arena.

La conversión es un proceso que dura toda la vida. Cuando decidas hacer algo debes preguntarte ¿Esto es lo que el Señor quiere para mí? De la respuesta que tú des depende tu recto camino en la santidad. Cuando hayan dudas sobre alguna situación concreta en tu vida consulta con el Señor y déjate guiar por gente buena que quiera lo mejor para ti. Sé santo. Ojo, la pregunta anterior nunca la dejes: ¿Esto es lo que el Señor quiere para mí?

Recuerda que el autor de las cosas buenas en tu vida es el Espíritu. Tu participación activa consiste en permitirlas. Las palabras de María caen como anillo al dedo: “El poderoso ha hecho obras grandes por mi”. Sigue dando pasos en tu camino de santidad.

Cada experiencia de la vida es oportuna para la conversión. Cada conversión es un paso en la santidad.

¿Quieres ser santo? Comienza por sacudir el título de “santo” que recibiste el día de tu bautismo. Con tu bautismo comenzó una linda historia de santidad. No permitas que se pierda.

La santidad implica una humanidad saneada. Entonces a trabajar con los complejos, la autoestima, las heridas del alma, los delirios de persecución, etc. El Señor quiere santos, no santitos.

¿Quieres ser santo? Comienza a trabajar en las cosas más pequeñas y sencillas de la vida. Ellas son la puerta para las más grandes.

Por el bautismo todos conformamos el pueblo santo de Dios. Es decir, por el hecho de ser bautizados obtenemos el título de “santo”. El problema es que no ejercemos ese maravilloso título. Sé santo, vive de acuerdo al título que ya tienes.

Vano es el esfuerzo del hombre en intentar vivir la santidad sino se aferra a aquel que es la santidad misma.

Lumen Gentium 40 (Concilia Vaticano II): “Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos.

La santidad es un don de Dios por lo que hay que pedirlo con insistencia. Y, aunque el hombre debe caminar hacia él, la premiación la da el Señor. Y es que Dios es el que hace santo al hombre.

El hombre es capaz de la santidad porque está hecho a imagen y semejanza de Dios, la santidad perfecta; aunque no puede alcanzarla por sus propias fuerzas.

El que os llamó es santo; como él, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque dice la Escritura: Seréis santos, porque yo soy santo. (1P 1, 15-16).

De la mano del Señor todo reto es bienvenido. Atrévete a dar pasos en el camino de la santidad: Solo desde el amor la libertad germina, sólo desde la fe van creciéndole alas. Desde el cimiento del mismo corazón dspierto, desde la fuente clara de las verdades últimas. Ver al hombre y al mundo con la mirada limpia y el corazón cercano, desde el solar del alma. Tarea y aventura: entregarme del todo, ofrecer lo que llevo, gozo y misericordia. Aceite derrammado para que el carro ruede sin quejas egoístas chirriando desajustes. Soñar, amar, servir, y esperar que me llames, tú, Señor, que me miras, tú que sabes mi nombre. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Amén.

La santidad es la vocación a la que todo ser humano está llamado. Tu respuesta a este llamado es esencial puesto que está en juego tu propia realización. La medida de tu felicidad dependerá de la intensidad con que vivas tu santidad.

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