Uno de los problemas de nuestra sociedad moderna es que se ha perdido la conciencia del PECADO, no hay de qué arrepentirse. Con decir “yo no hago mal a nadie” o “Dios comprenderá, si existe” la cosa se soluciona. Es más, se habla de flaquezas y debilidades, no de pecado. Algunos afirman que la noción de pecado trae consigo sentimientos de culpa que se deben evitar para no dañar la autoestima, sobre todo en los niños. En el fondo de todo está la negación de Dios y el afianzamiento del hombre como dios. Se está dejando a Dios misericordioso y que llama a la conversión para ceder el paso a un dios “bonachón” e “indiferente a las cosas del hombre”. Si no existe el PECADO, entonces de qué me debo arrepentir, si no existe el pecado de qué me debo convertir. Precisamente porque nos llamamos pecadores necesitamos de alguien que nos perdone, pero si desaparece el PECADO no necesitamos el PERDÓN de nadie.
Lo más grave del asunto es que incluso, entre los mismos cristianos, hay indiferentes a la verdad del pecado. Si, aceptan que son pecadores y se proclaman pecadores, pero no les afecta la conciencia, no se sienten increpados para salir de esa condición. Esto demuestra que se han acostumbrado a vivir en esa realidad. Hay algunos que rechazan el sacramento de la reconciliación o la confesión, otros no lo hacen, pero nunca se acercan a este sacramento.
Se le llame como se le llame, la realidad del pecado está presente en la condición humana. Dar una mirada al mundo nos ayudará a darnos cuenta de esa realidad, realidad dura y dolorosa que obstaculiza la vida abundante a la que estamos llamados. Dios nos invita al amor y cuentos desparraman odio, Dios nos invita al perdón y cuantos no perdonamos, Dios nos invita a la paz y cuantos hacemos la guerra.
Reconocer que somos pecadores es el primer paso para la sanación.
P. Víctor Emiliano